sábado, 5 de octubre de 2013

En busca del Sol II



En busca del Sol:

El prisma


Jack tenía un objeto muy preciado desde que era un niño. Con tantos años, que casi ni se acordaba del día que se lo dieron. Se lo dio su abuela, fallecida hace tres años dos semanas y tres días. Su querida abuela, con su pelo blanco, corto y con la permanente, tal como cualquier abuelita que se precie. Era un prisma. Una pirámide de plástico trasparente y de unos seis centímetros de altura. 

Y le dijo su abuela Maricruz: “Aquí dentro guardo algo muy preciado de mi viaje al Sol”. Ella bromeaba, pero Jack era un niño de tres añitos que se lo tomaba todo muy en serio, algo que seguía haciendo veinte años después. Jack cogía aquel tesoro por la base, con las yemas de los dedos en los vértices. Le gustaba como los picos de hundían levemente en la piel y como el prisma arrojaba luz sobre su cara. A continuación, lo apoyaba sobre su palma y lo observaba. Lo estudiaba con tal atención…queriendo penetrar con la mirada el prisma para vislumbrar aquello que encerraba… 

Su abuela lo cogió y lo elevó, para que los rayos que entraban por la ventana lo atravesaran. Así le desveló el secreto que perseguiría a Jack durante tantos años: aquello que la abuela se trajo de su viaje al Sol era un rayo de múltiples colores o algo que lo invocaba o... no sabía qué… No importaba… porque eso era lo que “Jakesy” (Maricruz lo llamaba así) iba a descubrir por sí mismo.

 En su libreta mental de investigación, el pequeño Jack apuntó que aquella siniestra y maravillosa luz multicolor recorría la moqueta, pasaba por encima de su zapatilla izquierda y subía por la pared hasta perderse en el universo paralelo del techo.




Queridos dd.ll., lean el primer relato de esta serie. Lo encontraran en el archivo, o navegando por las entradas antiguas del blog.

martes, 5 de febrero de 2013

Las bailarinitas de la princesa Serenade




La princesa Serenade, con su largo cabello negro rizado y encrespado, estaba harta de la vida de palacio. 


Odiaba a los silenciosos y fríos mayordomos, a las sirvientas que entraban con la mirada gacha a dejar las sábanas frescas de seda con olor a rosas y a los cocineros que jamás añadían nuez moscada a sus platos.


Se aburría de pasear por los pasillos de trozos de mármol de colores beige, verde y granate, que al pisarlos con sus bailarinas negras hacían “tipi, tipi”. Un ruidito constante el andar de la joven futura reina que sólo oían las lámparas de araña de luz amarillenta.


No comprendía que su armario caoba estuviese repleto de lujosos trajes de fiesta y maravillosos conjuntos casuales, cuando ella simplemente se ponía su ordinario vestido de tiro recto turquesa. Lo más pintoresco que llevaba la princesita eran unas medias con dibujitos de mecedoras de caballitos.


No quería montar a su poni alado. No tenía alas, evidentemente, pero a ella sí se lo parecía con ese tono mostaza tan lindo y las manchas blancas como las nubes. Claro que sí quería a Marcelo, pero no soportaba tener que subirse encima de un animal. No le parecía justo para el caballo.


Para ella, el comedor era un espacio inútil y desperdiciado. ¿Con quién iba a charlar sobre cómo le había ido el monótono día si la persona más cercana se situaba a quince metros? ¿Y los delicatesen que le ofrecían? El único sabor que ella apreciaba era el de las golosinas, placer que le tenían prohibido porque la sonrisa de una princesa debía ser blanca y luminosa.


La leche de cabra que le llevaban a su cama por las mañanas estaba destinada a regar la hiedra que decoraba la torre sombría de princesita durmiente en la que estaba encerrada. A Serenade le gustaba la leche condensada disuelta en un poco de agua. 


Con éstas y muchas razones más, abandonó la fortaleza color salmón. Dijo adiós a las tejas cobalto y esmeralda, a las repisas de yeso y a las fachadas de mármol. Les prometió que nunca volvería sino era para cubrirlas de pan de oro.


Sus pies por primera vez pisaron la tierra. Era tan esponjosa, que la euforia que sintió la hizo dar dos cabriolas y manchar por primera vez su ropa de barro y sus manos de hierba. Del bolsito sacó un trozo de tela que había cortado de la falda de uno de los horteras vestidos, y se limpió un poco con él.


Atravesó la valla por la parte de atrás del palacio y se adentró en el bosque. Se ruborizó al ver a las ardillas volar por encima de su cabeza. 


Tras veinte minutos de paseo, sus ojos grises vislumbraron el precioso valle tan cercano a su grisáceo mundo y que ahora se extendía cuesta abajo. Su boca de color miel entonó una expresión de sorpresa.



-¡Serenade! ¡SERENADE! –llamaban todos los criados con desesperación y hartos de oír a la señora chillar “¡encontradla, encontradla! ¡Un lobo se la ha comido! ¡Habrá entrado del bosque al jardín y se la ha comido! ¡Encontradla!”. Las faldas de encaje blanco revoloteaban por los pasillos abriendo cada puerta y las levitas de los atuendos masculinos subían y bajaban escaleras.



Aquellas casitas que recordaban a setas, ya que sus tejados eran como los sombrerillos de las amanitas, con los topos blancos y todo, estaban pintadas de tonos aguamarinos. Eran chocantes y monas.


Animales de granja, cabritos, gallinas, conejos, paseaban con total libertad entre las calles de aquella pequeñísima villa. Los niños jugaban con los niños, y las mujeres y hombres charlaban vivazmente. 


Serenade lo miraba todo con ojos muy abiertos: las castañas y los boniatos asados, los grandes telares, las ciruelas y las manzanas… Era un maremágnum de olores y ruidos.

Se fijó en dos niños de su edad con idéntico color de pelo, rojo fuego, y mismas pecas, nariz chata y cara rechoncha y alegre. Ambos portaban un montón de juncos frescos. Los chicos se percataron de la niña que los observaba. Después de pasar un minuto lanzándose miradas, los mellizos decidieron saludarla.


-Hola.

-Hola. –Contestó secamente.

-¿Te gustan los juncos?

-Son bonitos.

-Vamos a dejar éstos en casa y a recoger más, ¿quieres venirte?


Asintió un par de veces y los siguió. Llegaron hasta el lago. La damita se sorprendió al verlo. No sólo por lo grande que era, sino también por el color. Era como si se hubiese caído en él el pedacito de acuarela rojo. ¿Cómo no pudo verlo desde su castillo? Y cayó en la cuenta de que el ventanal de su torre estaba orientado, precisamente, en el sentido opuesto a la pintoresca villa. Genial, o que el destino quería darle una espléndida sorpresa o que acababa de luchar contra él.


Los hermanos se agacharon a la orilla y empezaron a arrancar juncos. Ella los imitó, pero cuando la otra niña se dio la vuelta y la vio le dijo:


-¡No, no! ¡Lo estás haciendo mal! Así les rompes las raíces. Mira cómo se cogen. –Y le hizo una demostración. Serenade lo intentó y lo hizo aún peor que antes. - ¡Ay, Dios! A ver… mejor te damos los que vayamos cogiendo, ¿vale? –La agarró de las muñecas y le extendió los brazos.


Al poco, la princesita tenía los brazos cargados de juncos y le temblaban, no podía sostenerlos más. Los niños se dieron cuenta y volvieron con ella a casa. 


-¿Por qué vivís en una seta gigante?


Se miraron el uno al otro estupefactos buscando algún sentido a la pregunta. Se echaron a reír. Soltaban tales carcajadas que sus pechos de contraían de forma salvaje. La princesa estaba asustada al verlos tirados por el suelo.


En esto, salió una mujer de la casa y quiso saber cuál era el motivo de las risas. Los niños, sin poder dar respuesta, la señalaron. La mujer la miró, la princesa se ruborizó y la madre le sonrió.


-No eres de aquí, ¿verdad? ¿Tienes hambre? Pasa, la comida está casi lista.


Un aroma delicioso de calabaza, judías, tomillo e incluso narcisos llenaba el hogar.

Su naricilla, parecida a un cristal de azúcar, olfateó que estar en el dormitorio de los niños era como estar rodeada de la cáscara de un limón, y que la habitación de los padres olía a un incienso relajante con un toque agrio.


Comieron en una mesa redonda y en la que apenas cabían los cinco. Charlaban, arañaban los platos con los cubiertos, cogían la comida con las manos… El padre cortaba rebanadas de pan con su navaja y las iba pasando. Eso es una familia, y el primer adjetivo que le atribuía la princesa era “ruidosa”. 



En el palacio ya habían pasado a buscar por el jardín. Levantaban cada roca, rodeaban cada haya y removían cada helecho sin parar de llamar a Serenade. 


-¡Inútil buscar entre los hierbajos! Comprobad los barrotes de la valla gris, seguro que hay algún mechón tintado de carmín. ¡El lupus se la llevó en la boca! Destrozó sus manoletinas con sus garras y se marchó. ¡Buscad eso! ¡Las  francesitas babeadas!

Y como los criados no la podían discutir, así hicieron.



La siesta fue extraña para Serenade. Nunca había dormido después de comer. Pero la apaciguada casa y ese silencio vivo en ella, que no se parecía nada al silencio muerto de los pasillos del castillo, hicieron que cerrara los ojos con la sensación de estar arropada en una nube con el cabello de los ángeles, el pelo de la niña, rozándole las mejillas.

miércoles, 27 de junio de 2012

Emilio y Julieta


Os dejo un trocito de una nueva historia. Está inspirada en las letras del disco Aquí de Julieta Venegas y la protagonista, Julieta (¡pero cómo que le ha puesto ese nombre tan original y meditado!), tiene el aspecto de la Julieta de la portada (con ese aro en la nariz, los labios oscuros y la espresión seria y triste) y viste como la Julieta del vídeo De mis pasos. Espero hacer un libro del relato y, algún día, publicarlo.











-¡Emilio! ¡Es que no me escuchas! ¡Nunca oyes lo que hablo! ¡Me ignoras! ¡No estoy aquí!

Emilio levantó la mirada del libro. La miró como distanciado de la conversación desde el cristal de las gafas negras. Cerró el libro y le dijo:

-Perdona, Julieta, pero estaba leyendo. ¿Qué te pasa?

Julieta se quedó parada y con un leve murmuro contestó:

-Nada.

Salió de la habitación, salió de la casa verde. Se tapó los hombros con la gabardina azul marina y caminó en silencio con la mirada baja. El perro de doña Elisa le volvió a ladrar, igual que hizo al venir a casa de Emilio. Se paró ante las fauces del perro de al otro lado de la valla negra. Levantó la mirada al cielo y cantó por lo bajo con su dulce voz:

 “Cómo sé si lo que dices es verdad no tengo derecho a reprochar. Pero hace tiempo que presiento algo grita y dice que esto no es así…”.

domingo, 8 de abril de 2012

Los locos se tiran al lago



-Un manchado, por favor.

El camarero se dio la vuelta como si no lo hubiese escuchado. Cogió con destreza el mango de la cafetera, presionó dos botones y la puso en marcha. El traqueteo de la máquina inundó la barra. 

Okazaki buscó el periódico de hoy. No estaba en el rincón, así que echó un vistazo por las mesas. Lo estaba leyendo un hombre muy mayor que iba en silla de ruedas. Tenía el pelo blanco y rostro tostado y sin expresión. Pasaba una hoja por cada sorbo que daba a su americano.

Se volvió para abrir el sobre de azúcar y echárselo a su café, que ya estaba servido. Lo agitó un poco con la cucharilla y le dio un trago. Escuchaba a medias la conversación que tenían las dos parejas mayores que siempre se sentaban en la mesa junto a la puerta de cristal (desde luego, la cristalera fue todo un acierto cuando se reformó la cafetería; un sábado por la mañana bien iluminado alegraba a cualquiera). 

“¿Has leído la noticia de la primera página?” “¡Sí! Horrendo, ¿verdad?” “Lo encontraron aquí al lado, ¿no?” “El equipo forense no conoce todavía el motivo de la…” “Sí, ese pantano está muy cerca” “Coges la carretera que va para… y en unos veinte minutos estás allí”.

Entonces el anciano se alejó de su mesa con periódico en mano, se lo tendió y se marchó.
Extendió el periódico de una leve sacudida y miró aquella noticia en primera página:

“SE ENCUENTRA CADÁVER EN UN LAGO. Unos niños hallan un cadáver que flotaba en la superficie del lago. Se estima que la víctima es un hombre de entre treinta y cuarenta años que…”

Y debajo del titular, la foto del cuerpo en  descomposición a medio sacar de las aguas frondosas.

Sí, coincidía con la mujer en que era un poco desagradable, pero hojeó el periódico como cualquier sábado por la mañana.

Una vez en su casa, sacó la cartera del bolsillo izquierdo, y las llaves del derecho, y lo dejó sobre el recibidor. Se quitó la gabardina beige, la dejó sobre un sillón y se sentó en el otro.

Eran ya las cinco y la casa seguía con las cortinas echada. Se levantó y del mueble-bar sacó la botella de whisky. Tras la compuerta de cristal estaban aquellos vasos robustos con el culo de entrantes y  salientes en forma de triángulos.

Se acordó de esta mañana en la cafetería. En su momento no reparó en la noticia del hombre muerto en el estero. Pero ahora en su sombrío y silencioso apartamento, Okazaki reflexionó. 

“Seguramente un asesinato, como los de las series americanas. El pobre diablo se vería tan apurado que la única solución que vio fue deshacerse de él tirándolo al pantano.”

-¡Jum! –Rió mojándose los labios del fuerte licor.

“O quizás era un infeliz, que no soportaba vivir más…pero, es difícil tirarte a un lago para suicidarte por muy tarado que estés…”

Dejó el vaso sobre la mesita. Se llevó la mano a la barbilla, apoyando la cabeza. Y siguió pensando.
“Olamejor ese tío estaba mal de la cabeza… y se tiró por tirarse. Ya se sabe lo absurdo que pueden llegar a ser las personas que no están cuerdas. ¿Y no había nadie que lo vigilara? No, ese tipo de gente vive sola, en alguna guarida refunfuñando”. 

“¿Los locos saben que están locos?”

“Harto de la vida, ¿Cómo puede ser? Vivir es hermoso, como una mariposa que bate sus alas. Si acaso, harto de los demás.”

“A ver, si yo estuviese loco, ¿me daría cuenta? Si sí lo estuviese, lo sabría al compararme con la mayoría. Pero, ¿y si son ellos los dementes? No, no puede ser, la mayoría es la gente normal.”

“¿Por qué un lago y no ahorcarse o tirarse desde un décimo piso o volarse la cabeza?”

Okazaki siguió pensando en sueños.

Cuando a la mañana siguiente se despertó volvió a la cafetería de ayer a pesar de que no era sábado. Los comentarista sesenta ñeros no tomaban sus tostadas, pero el canoso anciano bebía su café. 

Okazaki se sentó con él, se arrimó y le susurró:

-¿Sabías que los locos verdaderos se tiran a los lagos? Prefieren morir ahogados (muerte que, por cierto, es la más hermosa) en el anonimato a procurarse un dolor físico. El morbo de esta última llama a la gente, los “normis”, los “no locos”. ¡Bendita curiosidad!, exclaman sus ojos. Y los dementes rabian al verlos. Yo observo un odio mutuo, ¿podría ser? No estoy seguro. Pero no nos desviemos del tema. Los locos se tiran a los lagos porque les atrae el verdor del agua una vez sumergidos. Y miran hacia arriba, hacia los rayos de sol que se cuelan, dándote la despedida.

El hombre, que sólo quería ojear el periódico, asintió.

Al sábado siguiente, por la puerta de cristal entró una mujer elegante ataviada con un bombín y un abrigo del mismo rojo oscuro y con zapatos de charol. Con aire vivaz y risueño  ocupó un taburete.

-Un cappuccino, por favor. –Pidió la señora levantando la vista del periódico.- Escuche: “Ha sido encontrado otro hombre en el lago. Los forenses alegaron que el cadáver lleva cuatro días en el agua. La sospechosa cercanía de las fechas entre éste y el otro cadáver y el gran parecido de los casos, han llevado a hacer pensar que se trata de homicidios planeados de antemano y  que la persona detrás de ellos es la misma.” –Leyó la dama con perfecta entonación. El camarero se vuelve, limpia un poco el mármol gris con el trapo y le sirve el cappuccino.- ¿No le parece extravagante? ¡Un asesino en este pequeño pueblo!

-¿Y por qué no? Locos hay en todos los sitios.

 (Takato Yamamoto)