Mis botas avanzaban levantando polvo cobre mientras la capa azul ondulaba al aire. Él me esperaba vestido de uniforme, con el yelmo gris grafito y el pelo rubio despeinado.
Su lémur intentaba morderle la oreja. El animalillo, con esos ojos tan grandes y abiertos, sonreía enseñando dos hileras de colmillitos. Acechaba el lóbulo de su amo con aire travieso e inclinaba su cuerpecillo hacia él discretamente. Cuando empezaba a girar la cabeza y a abrir la boca, Marsh giraba la cabeza como un rayo y le chistaba. El monstruito se tapaba la frente con los brazos, tétricamente.
Al mío le había dado por tocarme el cuello con la punta de la lengua. Se tumbaba bocabajo en mi hombro derecho y sacaba la lengua todo lo que podía para tocarme la piel. De reojo veía como torcía los ojos de emoción. Pero jamás le dejaba, con sólo un susurro se tapaba los ojos con esas manitas beige de deditos pequeños y rechonchos.
-No sé cómo tienes tan bien amaestrado a tu bicho. Clark no para de intentar morderme la oreja.
-¿En qué has llegado?
-A caballo. –Giró la cabeza hacia atrás e hizo un ademán. Señalaba a un Appaloosa rojizo y de pelaje lustroso. –Es bonito, ¿eh?
-Debemos partir ya.
"If I'm lost, please, don't find me!" -Crystal Castles "Todo esto resulta tan descabellado que a un psicólogo se le haría la boca agua." -Stieg Larsson
sábado, 2 de abril de 2011
Niña curiosa
La niña veía la punta roja de su lengua acercarse al mantel. Era rubia, con el pelo corto, blanca de piel y ojos curiosos y traviesos. Tendría diez meses. La manzana roja dibujada era su objetivo. Su color luminoso la atraía y la emocionaba.
Sus padres le tenían reñido su afición por lamer, pero le daba igual. Además, estaban entretenidos hablando con sus familiares y comiendo a la misma vez. No se darían cuenta. Cada vez estaba más cerca, poco a poquito descubriría el sabor de la manzana dibujada en el tapete.
La detuvo algo que relució en la corteza de la fruta. Guardó la lengua camaleónica y fijó la vista. Era una escama de pescado, aunque ella, de eso no había oído hablar nunca. La forma pentagonal y los puntitos grises a un lado la envolvieron. Se olvidó por completo de la manzana de tela y pilló la escama con la lengua. La saboreó y la mordisqueó. Su cara se convirtió en una mueca de repugnancia y la escupió. Su madre, que la miraba, le dijo:
-¿Qué haces?
"¡Está salado!"
Sus padres le tenían reñido su afición por lamer, pero le daba igual. Además, estaban entretenidos hablando con sus familiares y comiendo a la misma vez. No se darían cuenta. Cada vez estaba más cerca, poco a poquito descubriría el sabor de la manzana dibujada en el tapete.
La detuvo algo que relució en la corteza de la fruta. Guardó la lengua camaleónica y fijó la vista. Era una escama de pescado, aunque ella, de eso no había oído hablar nunca. La forma pentagonal y los puntitos grises a un lado la envolvieron. Se olvidó por completo de la manzana de tela y pilló la escama con la lengua. La saboreó y la mordisqueó. Su cara se convirtió en una mueca de repugnancia y la escupió. Su madre, que la miraba, le dijo:
-¿Qué haces?
"¡Está salado!"
lunes, 17 de enero de 2011
Papelitos amarillos
Papelitos amarillos
Alejandra le hizo un regalo muy bonito a Cati para el amigo invisible. Le compró una libreta pequeñita muy mona de Sfera con un gato negro vestido de enfermero, graciosísimo, con su mascarilla y todo; y también una tableta de Milka y golosinas.
Lo mejor fue el esmero que puso al liar el presente. Ese día yo estaba con ella y le pasaba las tiras de cinta adhesiva.
Verás, primero puso la libretita, las chucherías y la chocolatina en una caja blanca que ya me había llamado la atención cuando entré en su cuarto. Después, se dispuso a liarla con un papel verde brillante. No había suficiente. Me miró y me dijo en silencio: “¡mierda!”. Estuvo durante cinco minutos buscando en la guardilla otro papel de envolver. Mientras, yo miraba la cajita escuchando el ruido de los cartones y plásticos revolviéndose a mi espalda.
Alejandra volvió con papel fucsia y una mochila de peluche. La observé en silencio como se sentaba en el suelo, liaba el regalo, y, finalmente, sacaba una cinta lila por la cremallera de la oveja.
-Si quieres un regalo tan mono, ya sabes a quien le tienes que tocar el año que viene.
Hizo un lazo y me pasó el paquete. Cogí aquella lindeza y lo metí en mi bandolera de los Kiss. Yo debía entregársela al tutor para que recibiera el regalo Cati. Mi compañera Alex sabía que no asistiría ese martes porque estaría de viaje.
Llegué a mi casa con el bulto en el bolso. Lo saqué y lo metí en la bolsa del regalo que yo había comprado. Pensé en lo que me había dicho mi amiga. Y no era tan mala idea.
Pero, ¿cómo conseguir que coja el papel con tu nombre aquel que quieres?
Fácil, folios de colores.
¿De qué color? Ahí estaba el problema.
Porque si es rojo, destacaría mucho y lo cogerían antes que ella y el rosa no me gusta.
¿Y si es azul? Podría pasar desapercibido entre las líneas y recuadros del resto de los papelitos. Y con el verde seguramente pasaría lo mismo…
En la cama, seguí meditando el tono de mi papelito personalizado. ¿Y amarillo? Amarillo claro. ¿Quién va a coger un papel amarillo? ¡Alejandra!
Fantaseé con mi futuro regalo con lazo típico americano. El año que viene será. Y el curso que viene es… primero de bachillerato… ¡oh, no! Alejandra se va meter en letras, y yo voy directa a ciencias…
¡Adiós libreta de gato!
¿Dónde abandonaste a tu inocencia?
-¿Dónde abandonaste a tu inocencia?
No sé porqué me sorprendió tanto, que los niños hagan eso, es un tópico. Supongo que verla hace un instante chupando la golosina, con su flequillo castaño tapándole la frente y el lazo de tweet a un lado, hizo que pensara que era una santa. O quizás fuese por el corte de la situación o porque no me lo esperaba.
Yo, más golosa que las crías, entré a comprar chucherías en la tienda de la esquina. A la mayor, Ana, le compré una piruleta redonda de colores, a la pequeña una chocolatina y para mí, fruta deshidratada.
Íbamos de compras. Es agradable ir con ellas, son una grata compañía y me ayudan. Al salir nos encontramos con mi compañero de trabajo y su pareja. Nos paramos a hablar con ellos. Cogida de la mano tenía a mi hija mayor, que tiene siete años, y esta a la pequeña de cinco.
En un momento que me distraje un poco, vi que la novia de Miguel miraba divertida a las niñas. Le sonreí y dirigí la mirada a mis hijas. Eli tenía la piruleta de colorines en la frente pegada. Ana me miró con esa mirada entre no he roto un plato en mi vida e incredulidad. Le dije que dónde dejó la inocencia de los lacitos.
Saqué el paquete de toallitas del bolso. Despegué el caramelo, le di un bocado, se lo pasé a la otra niña y limpié con esmero el caramelo pegajoso. Me costó muchísimo. ¡Usé tres toallitas! Las dos primeras se quedaban pegadas al caramelo.
Me despedí con las mejillas ruborizadas.
No sé porqué me sorprendió tanto, que los niños hagan eso, es un tópico. Supongo que verla hace un instante chupando la golosina, con su flequillo castaño tapándole la frente y el lazo de tweet a un lado, hizo que pensara que era una santa. O quizás fuese por el corte de la situación o porque no me lo esperaba.
Yo, más golosa que las crías, entré a comprar chucherías en la tienda de la esquina. A la mayor, Ana, le compré una piruleta redonda de colores, a la pequeña una chocolatina y para mí, fruta deshidratada.
Íbamos de compras. Es agradable ir con ellas, son una grata compañía y me ayudan. Al salir nos encontramos con mi compañero de trabajo y su pareja. Nos paramos a hablar con ellos. Cogida de la mano tenía a mi hija mayor, que tiene siete años, y esta a la pequeña de cinco.
En un momento que me distraje un poco, vi que la novia de Miguel miraba divertida a las niñas. Le sonreí y dirigí la mirada a mis hijas. Eli tenía la piruleta de colorines en la frente pegada. Ana me miró con esa mirada entre no he roto un plato en mi vida e incredulidad. Le dije que dónde dejó la inocencia de los lacitos.
Saqué el paquete de toallitas del bolso. Despegué el caramelo, le di un bocado, se lo pasé a la otra niña y limpié con esmero el caramelo pegajoso. Me costó muchísimo. ¡Usé tres toallitas! Las dos primeras se quedaban pegadas al caramelo.
Me despedí con las mejillas ruborizadas.
sábado, 1 de mayo de 2010
Chocolat Menier

La pequeña niña del cartel con trenzas castañas mientras escribía la letra "r" de Menier; sin querer, tropezó y se salió. Nadie la vio cayéndose, la gente andaba con estrés y preocupación pensando en sus cosas, como para darse cuenta.
La niña de falda azul y medias negras, al ver que no podía coger ni su paraguas ni su cesta de chocolate, se apuró.
Miraba a la gente con la intención de que la ayudaran. Estoy seguro de que no diría nada...no sabía. Y las palabras "chocolat" y "Menier" no le servirían. La pobre sólo quería regresar al anuncio. "¿Cómo es posible que no me reconozcan? Creía que era más famosa", pensaba.
Vio al hombre que colgaba los carteles y se acercó. Le tiró de la camisa azul a cuadros y él giró la cabeza. Al verla puso unos ojos como platos, miró el cartel y se desmayó.
Los chicos de la ambulancia llegaron enseguida, pero para entonces la niña del chocolate había doblado la esquina.
Llegó a un establecimiento donde el cartel rezaba "FERRETERÍA". El ferretero, de aspecto no muy agraciado, atendía a un hombre que sólo quería un pequeño bote de pintura negra.
El ferretero con gafas redondas y pelo negro se las quitó y se frotó los ojos. Vio a la pequeña encaramada al mostrador.
-¿Qué quires, niña?¿Vienes sola o con tu madre?
-Menier- le contestó la cría.
-¿Menier?...¿Es chocolate lo que quieres? Has venido al sitio equivocado, acércate a la chocolatería que está enfrente. Díselo a la señora Marryhappy es muy simpá...
El hombre se detuvo cuando se fijó en el parecido de la niña del cartel del escaparate de la señora Marryhappy y de la niña que tenía enfrente. Se volvió s frotar lo ojos,cría que estaba soñando.
La cría tiró de él hasta de él hasta la pared de su cartel, y el hombre comprendió lo que quería decir al ver el hueco que había dejado. Se quedó pensando un rato.
Se fue, y en el momento en que la niña ya pensaba que jamás podría volver a entrar en el cartel, regresó con una cuerda. Dobló una equina de papel y ató la cuerda.
-Avanza cogida de la cuerda, adiós pequeña amiga, ¡buen viaje!
La niña de Menier regresó a su anuncio y pudo terminar de escribir la letra "r".
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