Erase una vez, una chica de pelo pajizo demasiado petarda y su gorda colega… eran unas chifladas de cuidado, créeme. Yo las vi por los pasillos mordiéndose y empujándose.
"If I'm lost, please, don't find me!" -Crystal Castles "Todo esto resulta tan descabellado que a un psicólogo se le haría la boca agua." -Stieg Larsson
viernes, 16 de diciembre de 2011
jueves, 8 de diciembre de 2011
En busca del Sol
Este es el primero de los relatos sobre un grupo de singulares jóvenes. Cada uno de ellos va buscando el sentido de su particular vida: uno descubrirá que un nombre no dice nada sobre tu identidad, el otro quiere sacar de su mente el comiezo de su poema a base de decir frases sin sentido, otro si las flores cambian de olor según su humor y la razón profunda de ello... Pero todos ellos tendrán un objetivo en común al cruzarse en su camino con Jack: el Sol.
En busca del Sol:
con Jack al volante y la "Sin-nombre" al lado.
con Jack al volante y la "Sin-nombre" al lado.
La carretera estaba desierta y el asfalto brillaba bajo los rayos del Sol. La furgoneta avanzaba a 70km/h. Dentro de ella se escuchaba “Born this way” a todo volumen. El conductor, un hombre de entre 25 y 30 años, la cantaba apasionado con una voz que espantaba a los pájaros. Vestía una camiseta de manga corta de algodón marrón que caía ancha desde sus hombros, y unos vaqueros sucios y raidos. Al cuello llevaba dos colgantes de cordón negro: un elefante de cuarzo blanco y una pluma azul y beige. Su pelo era corto y castaño claro, muy enmarañado, y en su rostro lucía unos bonitos ojos turquesas separados por una nariz prominente.
Había bajado ambas ventanillas y comía panchitos y nachos. En el retrovisor se mecía colgada una flor de plástico rosa.
A lo lejos, vislumbró algo que relucía. Era el cabello rubio de una chica que hacía la señal de stop. El muchacho no evitó pararse. A través de la ventanilla del copiloto vio que las únicas posesiones de la chica eran una mochila naranja fosforito y lo que pudiera contener. Lo saludó con la mano y dijo:
- Me llamo América, pero algún día se me olvidará. ¿Recordarás mi nombre por mí cuando eso suceda?
- ¿Cuando suceda qué? -Contestó él alarmado.
- Cuando no recuerde quién soy.
- Bueno…si quieres… -dijo en tono pasota.
- ¡Sí quiero!- gritó América dando un salto y con los ojos muy abiertos.
- No te vas a casar conmigo… ¿o sí? –preguntó el chico, arqueando una ceja y acercándose a ella.
- Bueno… si quieres…
Ella abrió la puerta del automóvil y montó dentro. Acomodó la infantil mochila entre sus pies y se abrochó el cinturón. Se giró hacia él y le dedicó una gran sonrisa. Además, el cinturón le ceñía entre los pechos.
Una chica agradable, pero…
- ¿Quién te ha invitado a subir? –dijo él, borde.
- Nadie…quiero decir…ninguna persona. -Meditó mirando al vacío con los ojos muy abiertos.- O perro, o gato, o margarita. –Miró la flor. Su rostro cambió de expresión. Ahora ponía ojitos de cachorrito con una boca seria.- ¿Es que acaso no te apetece llevarme a ningún sitio?
No tenía contestación. Pisó el embrague y abandonó la cuneta. Sonaba “The Fame”.
- ¡Eres un maleducado! –Gritó ella al rato.- ¿Cómo coño te llamas?
- No creía que soltabas tacos. –Con esa pinta de niña pequeña…
- Encantada, No-creía-que-soltabas-tacos. –Le tendió la mano.- Yo me llamo Hinata.
- No, mujer, me llamo Jack.
- Encantada, Jack. Yo me llamo Victoria. Por cierto, ¿recordarás mi nombre por mí cuando se me olvide?
- ¡Ya te he dicho que sí!
- ¡Mentira cochina! –Volvió a gritar enfurecida dando botes en el asiento.- Me has dicho “bueno…si quieres…” –Lo imitó a la perfección, entrecerrando, incluso, los ojos.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Té verde y pelo rojo
Cogió un cazo del
armario, lo puso al fuego y se preparó una infusión. Una infusión azul violácea
en la que se podía ver el fondo de la taza.
Esta madrugada no bebió
su ordinario café negro porque anoche aborreció a su cafetera parlante.
Resulta que le dijo que
tuviese cuidado durante las mañanas frescas, ya que venían petirrojos de mil
colores a posarse en sus orejas y le robaban sus circonitas. Le aconsejó que
tirase la botella casi llena de leche semidesnatada, que llevaba en el frigo
dieciocho meses. También le sugirió que dejara de morderse los nudillos hasta
hacerse sangre mientras reflexionaba.
Y ella se lo tomó muy
mal. Tan mal, que metió una pastilla de chocolate de postres troceada en un bol
al microondas, les sirvió quinientos gramos de copos de maíz y estuvo comiendo
hasta las once de la noche.
Le dio un sorbito al
té. Miró el collar de estrellas grises que pendía del picaporte del armario de
los platos fluorescentes. Hoy se lo iba a poner.
Cuando solo quedaban
los posos verdes esmeralda, se levantó de la mesa y se fue a su cuarto a
vestirse. Se puso una camiseta blanca con manchas marrones, chaquetilla vaquera
de media manga vaquera y medias negras. Encima del panty, los pantalones negros
cortos que no llegaban a tapar el tatuaje de su muslo, y botas moteras.
Cruzó el pasillo y
entró en el baño. Frente al espejo, admiró su salvaje melena. Se pintó los
labios rojos como su pelo y la raya de los ojos negra como el cabello natural
que empezaba a asomar bajo el tinte.
Salió del piso con
dinero en el bolsillo y el collar en la mano.
Anduvo durante tres
horas hasta el centro de la ciudad. La gente iba atareada y estresada con sus
móviles. Ella no. Ella caminaba lentamente y contemplando cómo sus botas
aplastaban las baldosas. Iba en su mundo, el único lugar donde veía el cielo de
color de rosa.
Por fin levantó la
vista y halló un supermercado. En su mente saltó un interruptor.
Bamboleándose llegó al
pasillo de las gominolas. La cajera, al verla sacar de la cestita tantas bolsas
de chucherías, la miró sorprendida. “Asquerosa” pensó mi carismática chica.
Siguió paseando por las
calles, parándose en todos los escaparates y quioscos. Se comió todas las
chuches una a una.
El tiempo dio paso a la
noche y ya se dirigía en dirección a su apartamento. Pero antes de volver a su
fría casa con sus muebles llenos de polvo, se paró en un parque vacío. Allí, ni
siquiera por el día, acudían ya niños.
Se subió a la
barandilla que cercaba el recinto. Jugueteó con sus pies y empezó a sentirse
algo parecido a bien.
Miró al cielo, donde
las estrellas no eran hostiles con ella. Se dejó caer hacia atrás colgándose
con las piernas y agarrándose a la baranda.
Iba a perdonar a la
cafetera.
martes, 22 de noviembre de 2011
¿Sabías que los locos verdaderos se tiran a los lagos? Prefieren morir ahogados (muerte que, por cierto, es la más hermosa) en el anonimato a procurarse un dolor físico. El morbo de esta última llama a la gente, los “normis”, los “no locos”. ¡Bendita curiosidad!, exclaman sus ojos. Y los dementes rabian al verlos. Yo observo un odio mutuo, ¿podría ser? No estoy seguro. Pero no nos desviemos del tema. Los locos se tiran a los lagos porque les atrae el verdor del agua una vez sumergidos. Y miran hacia arriba, hacia los rayos de sol que se cuelan, dándote la despedida.
domingo, 5 de junio de 2011
Bajo la sombra del pabellón permanecía sentado en el banco. Sin levantar la cabeza, mantenía las manos unidas y los codos sobre sus rodillas. Miraba al suelo con aire pensativo y misterioso. Daba la sensación de que cuando apartaras la vista y volvieras a mirar ya no estaría allí sentado. Sino que se habría esfumado.
Parece de película. Desde mi perspectiva, tras la ventana de la clase, en primer plano se encuentra un árbol de denso follaje. Le veo de lejos.
¿Qué estará pensando? ¿Por qué razón estará allí?
Es un chico joven de tez oscura, quizás marroquí, desde aquí no te lo puedo asegurar. Pero ha llamado enormemente mi atención...
sábado, 2 de abril de 2011
Lémur
Mis botas avanzaban levantando polvo cobre mientras la capa azul ondulaba al aire. Él me esperaba vestido de uniforme, con el yelmo gris grafito y el pelo rubio despeinado.
Su lémur intentaba morderle la oreja. El animalillo, con esos ojos tan grandes y abiertos, sonreía enseñando dos hileras de colmillitos. Acechaba el lóbulo de su amo con aire travieso e inclinaba su cuerpecillo hacia él discretamente. Cuando empezaba a girar la cabeza y a abrir la boca, Marsh giraba la cabeza como un rayo y le chistaba. El monstruito se tapaba la frente con los brazos, tétricamente.
Al mío le había dado por tocarme el cuello con la punta de la lengua. Se tumbaba bocabajo en mi hombro derecho y sacaba la lengua todo lo que podía para tocarme la piel. De reojo veía como torcía los ojos de emoción. Pero jamás le dejaba, con sólo un susurro se tapaba los ojos con esas manitas beige de deditos pequeños y rechonchos.
-No sé cómo tienes tan bien amaestrado a tu bicho. Clark no para de intentar morderme la oreja.
-¿En qué has llegado?
-A caballo. –Giró la cabeza hacia atrás e hizo un ademán. Señalaba a un Appaloosa rojizo y de pelaje lustroso. –Es bonito, ¿eh?
-Debemos partir ya.
Su lémur intentaba morderle la oreja. El animalillo, con esos ojos tan grandes y abiertos, sonreía enseñando dos hileras de colmillitos. Acechaba el lóbulo de su amo con aire travieso e inclinaba su cuerpecillo hacia él discretamente. Cuando empezaba a girar la cabeza y a abrir la boca, Marsh giraba la cabeza como un rayo y le chistaba. El monstruito se tapaba la frente con los brazos, tétricamente.
Al mío le había dado por tocarme el cuello con la punta de la lengua. Se tumbaba bocabajo en mi hombro derecho y sacaba la lengua todo lo que podía para tocarme la piel. De reojo veía como torcía los ojos de emoción. Pero jamás le dejaba, con sólo un susurro se tapaba los ojos con esas manitas beige de deditos pequeños y rechonchos.
-No sé cómo tienes tan bien amaestrado a tu bicho. Clark no para de intentar morderme la oreja.
-¿En qué has llegado?
-A caballo. –Giró la cabeza hacia atrás e hizo un ademán. Señalaba a un Appaloosa rojizo y de pelaje lustroso. –Es bonito, ¿eh?
-Debemos partir ya.
Niña curiosa
La niña veía la punta roja de su lengua acercarse al mantel. Era rubia, con el pelo corto, blanca de piel y ojos curiosos y traviesos. Tendría diez meses. La manzana roja dibujada era su objetivo. Su color luminoso la atraía y la emocionaba.
Sus padres le tenían reñido su afición por lamer, pero le daba igual. Además, estaban entretenidos hablando con sus familiares y comiendo a la misma vez. No se darían cuenta. Cada vez estaba más cerca, poco a poquito descubriría el sabor de la manzana dibujada en el tapete.
La detuvo algo que relució en la corteza de la fruta. Guardó la lengua camaleónica y fijó la vista. Era una escama de pescado, aunque ella, de eso no había oído hablar nunca. La forma pentagonal y los puntitos grises a un lado la envolvieron. Se olvidó por completo de la manzana de tela y pilló la escama con la lengua. La saboreó y la mordisqueó. Su cara se convirtió en una mueca de repugnancia y la escupió. Su madre, que la miraba, le dijo:
-¿Qué haces?
"¡Está salado!"
Sus padres le tenían reñido su afición por lamer, pero le daba igual. Además, estaban entretenidos hablando con sus familiares y comiendo a la misma vez. No se darían cuenta. Cada vez estaba más cerca, poco a poquito descubriría el sabor de la manzana dibujada en el tapete.
La detuvo algo que relució en la corteza de la fruta. Guardó la lengua camaleónica y fijó la vista. Era una escama de pescado, aunque ella, de eso no había oído hablar nunca. La forma pentagonal y los puntitos grises a un lado la envolvieron. Se olvidó por completo de la manzana de tela y pilló la escama con la lengua. La saboreó y la mordisqueó. Su cara se convirtió en una mueca de repugnancia y la escupió. Su madre, que la miraba, le dijo:
-¿Qué haces?
"¡Está salado!"
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